Sueño con África, la lectura de Karina Macció (Parte III)



La vida fast food y una carta de amor a África

Artista: Robert Aswani


Querida África

Me largué un día lluvioso como prófugo sin decirte adiós.
Fui imantado por los hechizos de otra madre y alucinado por el sueño de una vida mejor.
Solo con mi destino en las entrañas del tiburón mecánico, compruebo con asombro cuánto me querías.

¡África mía! ¡Madre mía!
Tomé por sentado tus cuidados.
Anclado en tu golfo soleado, desdeñé el afecto de tus orillas. 
No tuve tiempo para escucharte, mis ojos pegados 
a la encantada lejanía.
(…)
Hoy, cautivo del trabajo 24/7 en la Torre de Babel, 
se apaga mi mundo con antidepresivos al ritmo de facturas y cuentas mensuales.
El cuerpo se deforma en el infierno de la insípida 
fast food.
La piel negra es presa de insultos en la ciudadela 
de hierro, tan acogedora y villana. 

Hoy, invisible en el océano de rascacielos, ermitaño 
en mis noches de soledad, me doy cuenta de tu amor 
y es tan triste vivir sin ti.
¡Cuánto te quiero! ¡Te quiero tanto!


La carta de amor sólo es posible en ausencia del objeto amoroso, como dice Barthes. Es a la vez un reclamo de esa presencia y una denuncia de su ausencia. Y es aún más fuerte cuando el alejamiento se produjo por quien escribe la carta, arrepentido y exiliado. Otro poema se explaya sobre esta cuestión: “Llámame como quieras: exiliado político, refugiado de guerra, desplazado económico”. Como en las grandes despedidas amorosas, el sujeto no se separa por voluntad propia. Es una fuerza mayor la que lo aleja. En este caso, desde el comienzo y al amparo del prefacio del autor, fue la búsqueda de un futuro mejor, económica y simbólicamente, lo que obligó a partir. 
Por eso, ésta es también la vuelta del hijo pródigo, una forma de reconocimiento al origen y a la madre de leche y lengua, a sus costumbres y creencias. Una revalorización de la identidad que parece haber sido camuflada para sobrevivir. Claro, antes de partir, todo es potencia, esperanza. Sin embargo, el afuera de África tiene sus peligros, que paradojalmente vienen unidos a los beneficios que se pretendía buscar. En esto radica el descubrimiento: del lado de la sociedad más avanzada, de lo que llamamos el “primer mundo”, encontramos otras formas de barbarie, que pueden ser incluso más perniciosas, puesto que no quitan la vida, pero pueden secar el alma.  Ahora la panza está llena, pero el corazón añora, vacío. Ahora el cuerpo está cómodo y luce elegante, pero se halla solitario. Ahora no se trata de sobrevivir, pero ¿cuál es la razón para vivir? 
El confort de la vida urbana, para aquellos que podemos detentarlo, trae otros problemas: nos convertimos en ciudadanos obesos, medicados, rutinarios, obsesionados por no perder nuestro status social o en el mejor de los casos, por seguir ascendiendo. Pasamos del pan por el que había que luchar cotidianamente, y el “pan” rico en cultura que reparte el griot, a la comida rápida de la gran ciudad desarrollada. Me gustaría retomar unas palabras del experto en educación, Sir Ken Robinson, en una charla TED del 2010, donde relaciona el modelo standarizado de la comida rápida con el emprobrecimiento del espíritu. 

Hemos construido nuestros sistemas de educación bajo el modelo de la comida rápida. (…) Hay dos modelos de calidad garantizada en el servicio de comida. Uno es el de comida rápida, donde todo está estandarizado. El otro es como los restaurantes Zagat y Michelin, donde nada es estandarizado, (sino que) están adaptados a las circunstancias locales. Y hemos comprado el modelo de comida rápida para la educación. Esto empobrece nuestro espíritu y nuestras energías tanto como la comida rápida está agotando nuestros cuerpos físicos.
  
Estamos saciados, pero nos sentimos vacíos, irrelevantes. Se vive en la paradoja de necesitar más y más porque cada peldaño de ascensión hacia la riqueza económica nos esclaviza con la manutención de todas las posesiones y servicios que requerimos. El trabajo es una prisión que se come nuestro tiempo. Y el tiempo libre es apenas un recorte horario esquematizado con el que debemos cumplir. 

El comienzo de un nuevo viaje 

Artista: Njuguna
Una nota aún más personal. Cómo llegamos a editar Sueño con África ha sido expuesto, y básicamente se condensa en una cuestión de afinidades poéticas. Pero hay algo que tiene que ver con compartir con Alain Lawo-Sukam, con Eduardo Espina, el hemisferio sur del planeta y proceder de lo que llamamos tercer mundo, países en vías de desarrollo, o simplemente zonas periféricas de la aldea global. 
Varias de las problemáticas que enuncia Alain en su libro son muy cercanas para mí: la existencia de gente mal alimentada en un país con una gran cantidad de recursos naturales, la explotación sin medida de esos recursos, el enriquecimiento ilícito de los funcionarios, los problemas en la educación que vuelven inciertas las posibilidades de mejora de las nuevas generaciones… Coincido, sin embargo, con Alain cuando dice: “La escritura poética empezó a ser para mí un medio de salvación y de resistencia frente a la dureza de la vida (…) una especie de liberación mental que me permite tener, por algunos momentos, las riendas (…) y la sensación de cambiar el mundo con las palabras”.
Creo que ésta es la imposible tarea de quienes hacemos libros. No se trata de pensar que podemos cambiar el mundo con palabras, se trata de desearlo, de intentarlo una y otra vez a lo grande. Por eso, Viajera, una pequeña editorial de Buenos Aires, en un país en el extremo sur, Argentina, abrazó este proyecto y le dio materialidad. Cada libro para nosotros propone un viaje, una transformación, que es ante todo individual, pero que al lograrse impacta, aunque sea mínimamente, en lo social (es lo que está pasando aquí, justo ahora, hemos recorrido un largo camino desde que recibí ese primer manuscrito en el barrio del Abasto, en Buenos Aires). 
Cada libro poético es un desafío sobre la propia lengua, sobre el medio fundamental a través del cual percibimos y construimos nuestro mundo. Sueño con África nos acorrala para que despertemos: las distintas traducciones, versiones y perversiones, como diría Borges, nos obligan a ver los hilos que muchas veces permanecen invisibles, pero que sin embargo, pueden guiar, marcar o entorpecer nuestro camino. Por eso, recomiendo sumergirse en este laberinto y dejarse llevar por la música que empieza a sonar. Descubrir todo de nuevo. Mirar más allá de los estereotipos, más allá de todo conocimiento e ignorancia, más allá de la palabra, como si recién llegaras al mundo y un griot estuviera cantando. Mirar con los oídos, canto que llena y alimenta, resignifica, música que lleva y, de a poco, los ojos vuelven a nacer. 

Karina Macció, 2013.

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