Sobre «Casa de Viaje» de Natalia Monsegur



Acá o Allá / Adentro o Afuera
Hay en el tejido de esta red una ausencia. Algo que se cuela, se seguirá colando, por los intersticios de la malla. Una añoranza, un pequeño dolor. Vientito que, al soplar, destiñe y compromete. La viajera va y viene por distintos espacios. La viajera desea. Pero el objeto de su deseo siempre está más allá: en otro país, en otro hombre o cultura. A poco de llegar, ya está partiendo. La red sostiene una permanencia: la de la pura deconstrucción. La sangre familiar va de “acá para allá”, y el accidente puede ser geográfico; pero se intuye percance, infortunio. ¿Será que, efectivamente, fue la sal la que trajo la mala suerte?
La tormenta es hacia adentro y espanta a los pájaros que deciden migrar hacia donde el sol “no pique de lastimar” ni tenga errores. El infortunio es el nomadismo. La sensación de no pertenecer y estar siempre inaugurando una estadía. No es posible limitarse a llegar, pero en esta red tampoco hay dónde quedarse. La urdimbre es azarosa, inestable, imprevisible. Y es que, cuando los viajes no se eligen, cuando están impuestos, exigidos, determinados por otros, el trayecto deja de ser una aventura o un goce. “Es la historia fundacional tenernos lejos”, dice la autora. En ese contexto, el otro es siempre una extrañeza, una falta.

José María Perez Alonso

Las fronteras de lo real deberían sencillamente otorgar nacionalidad y casa, un espacio en el que vivir y desarrollar los días. Casa, familia, techo para que no llueva sobre la sopa caliente, para que el cuerpo no nos llore. En cambio, cuando las fronteras son imperativas (igual que algunos viajes), se convierten en una verdadera amenaza. En ellas sobreabundan el control, los alambres (en donde no anidarían, no podrían anidar, los pájaros), los sectores. Plurívoca y nunca más real la metáfora que clausura (sic): “dividimos la parcela para quedarnos/ quietos”. Hace pensar en un cementerio, en una desolación contundente y final. Entonces no es lo mismo estar acá o allá, adentro o afuera, libre o detenido en ese espacio circunscripto y peligroso.
Natalia Monsegur habla de esa cárcel: la de la inseguridad, la del exilio. Pero, también, de la obscena actitud de lo fronterizo que, a puro capricho, hoy pone límites que mañana eludirá. “Las fronteras ahora existen/ y después/ son distintas”, dice. Cabría preguntarse entonces para qué, con qué objetivo, se instalan campos minados en donde debería haber sólo planicie, semillas (“redondas y útiles”), raíces en las que crecer y verdecer. Se ve tan inútil el abuso, tan demencial. La lavandina no blanquea absolutamente nada.
Son muchas las inquietudes que crecen a lo largo de estos poemas. Y varias las lecturas que pueden hacerse de los mismos. La frontera puede referirse al propio cuerpo, a las propias limitaciones, al depredador interior que llevamos y que sesga lo que anhelamos ser y poseer (“hay lugares donde el deseo es tan grande/ que parece esencial/ y casi peligroso/ no ir/ o no irse”). Pero también aluden, sin lugar a dudas, a las geográficas. De tal manera que la referencia política se vuelve inevitable (y, sobre todo, impostergable). Los poemas cuentan una historia (dolorosa, reciente), pero la autora decide aliviarla. No disimularla, sino darle entidad lírica. Y es ahí donde duele aún más todavía. Es que lo que ella logra, en realidad, es dar nombre, con enorme honestidad y compromiso estético, a todo lo periférico; es decir, a todo aquello que culturalmente nunca es visto como medular (central, prioritario, necesariamente emergente) y que, aún más, se prefiere ignorar o invisibilizar invocando modelos habitualmente tranquilizadores y convencionales. En esa periferia están el indígena (“araucaria vence”), algunos territorios (África “dentro de la tierra roja”, Latinoamérica), ella misma en su condición de mujer (“que une/ acá y allá”), “la inmigración atada”, “el esperpento serpentina de la España profunda”, “los países sin luces”, las islas, “el ciudadano a la intemperie”, el mestizo, el submundo, las marionetas (la vida pende de un hilo). Un zoológico nada ecológico, si cabe el juego de palabras. La distancia se interroga como una manifestación posible de la libertad; aunque ambas palabras no son sinónimos, ni siquiera equivalentes. Se disfraza la errancia sólo para que no duela tanto la incómoda comprobación; sólo para calmar el “ojo del huracán”, la “pandemia”. Pero la autora no se engaña: y prefiere la selva, en todo caso.
En paralelo, este acontecer (o esta obligatoria evasión) le permite introducir, en otro plano, algunas referencias respecto de la dificultad ante el hecho creativo en sí mismo, la “lateralidad de la lengua”, la génesis literaria o, en su defecto, lo que queda luego de que los papeles se humedecen o el lenguaje se esconde. (Algo siempre queda, siempre quedará).
José María Perez Alonso
En medio de una bellísima sucesión de imágenes y metáforas, la que prevalece es la del mar. Ésa es la “frontera mayor”. En esta ocasión las aguas no se abren para que la viajera pase (otra referencia bíblica equiparable a la de la “historia fundacional”), sino que siempre están dividiendo al racimo familiar que insiste en no disolverse. El mar es un animal viviente (“le quité la piel de agua/ me la puse encima/ como el asno”), y conlleva su propia simbología: las emociones, la madre, el flujo y reflujo (una actividad semejante a la lunar), la transitoriedad. Algunos se ahogan, otros lo navegan. Ella quiere un puente, pero la distancia entre los continentes (o sus equivalencias) es enorme. Evocadas a partir del mar (más cerca o lejos del mismo), las diferentes ciudades le permiten imaginar identidades azarosas. Monsegur utiliza el potencial de tal manera que, aunque las exhibe como posibilidades, es sabido que, por el contrario, las está excluyendo de su verdadera entidad de manera total y absoluta. Ella, decididamente, no tendrá (ni querrá tener) el cabello carré, ni zapateará flamenco, ni comerá hongos o desporrará maíces, ni habrá un hielo diferente en su itinerario incansable. Ni Estocolmo, ni Baleares, ni Bolivia, ni Argelia, ni Chile (aunque el clima, ¿cuál de todos los posibles?, fuera parecido). Sí, Barcelona (lugar en el que nació).
Finalmente también un mar blanco, un líquido espacio en la hoja, divide al libro como objeto. De un lado están los poemas, la superficie tisular de la red, el esqueleto bello, la sugestión. Del otro, abajo, como un pie de página, la narración. Poética también, pero más directa, secuencial, enunciativa. Ambas propuestas se completan entre sí. Y ambas son necesarias. Lejos de confundir o limitar, expanden el hilado, lo corporizan. Bastarían apenas unas pocas, elegidas, fibrosas, para sumergir al lector en esa ruptura del orden, de la legitimidad. Sol y luna, padre y madre resaltan como núcleos referenciales (los únicos que se adivinan en esa infancia accidentada y triste). Ella, en la cárcel de la estrella roja; él, abriendo una lata de mejillones o berberechos para luego enseñarle a la niña por qué se mueren las tortugas (sostenedoras del mundo en las culturas arcaicas, transportadoras de su domicilio vayan donde vayan; hasta lleva a inferir que las “líneas del cuello” del único, brevísimo, poema de dos versos podrían aludir a ellas). También para que en otra instancia cercana, la pequeña se atragante “porque se separaba de él”. Efecto que perdurará aún superado el exilio, la mudanza: las mujeres se asustan cuando escuchan pasar a los helicópteros, ella recordará el domingo de sol en el que hablaba de la policía con el padre.

José María Perez Alonso

“…¿Dónde está la geografía despierta?”, pregunta; “¿cuánto tiempo tardan/ en venir/ todas las olas”, agrega. La “rara estación” (como situación de viaje o como fenómeno climático; casi, extremando las interpretaciones, también como “manera de estar”) termina definiéndose como el lapso temporal (y entonces también espacial) en que se configura, define, abruma, aligera una etapa de la vida. La resiliencia hace que ahora el poema abandone a la viajera en forma de canto y que nos pertenezca. No cantaremos “felicidad, felicidad tururu…”, a pesar de que la superficialidad (nada inocente)de algunos recortes de la “civilización” aliente estas formas evasivas; pero percibiremos, gracias a ella, mariposas en el cuerpo y en la memoria (a pesar de, siempre a pesar).
Costas, barandas, direcciones que se olvidan, agujeros (con Alicia incluida), cartas que se escriben sólo para no enloquecer, banderas, un crecimiento a fuerza de obligarse a oler al destino “por detrás”. Máxima cautela, una herida sangrante cubierta por el pasto.
En los poemas finales el canto épico de Natalia Monsegur se hace más cotidiano, diurno, aunque nada complaciente tampoco. Pocas veces un primer libro adquiere una estatura tan “espontáneamente literaria”; es decir, con oficio y soltura a la vez. Finalmente, la cita a las memorias de Marcos Ana, poeta y militante español que pasó veintitrés años de prisión durante la dictadura de Franco da encuadre a este vientito que “en las raras” nos quiebra y emociona.


Ana Guillot



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