“Sangra”, de María Florencia Giménez de Castro. (Fragmento)


Me tapo la boca rápido. Hago un trago largo, dulce, espeso.
Espero unos minutos, cierro los ojos otra vez. Grito. Lo llamo, con la mirada desgarrada.
¡Yo sé que lo vi!
Estaba detrás de la ventana. Escuálido, blanco, violáceo, violado dentro de la piel, a través de ella. Pero él no me llega a escuchar. No puede. Lo miro otra vez, fijamente, para que sienta que está ahí, todavía. Abro cada vez más los ojos, tanto que se secan. Necesito volver a cerrarlos para dejar que se humedezcan y así poder llorarlo.
Ahí está, otra vez, la tela blanca que me contiene. El papel sigue en el hueco de mi mano. Lo aplasto con todo mi peso para poder levantarme, despacio, con un ligero envión hacia la derecha.
Siento las piernas transpiradas, frescas. Crujen los huesos de los tobillos, de los pies. Doy la vuelta.
Achico la mirada hasta dejar una línea difusa. No puedo distinguir bien el lugar, ese otro lado hacia donde estoy girando.
El cuello, los hombros, la cintura, los muslos, las rodillas. Por fin los pies terminan de reubicarse. Suelto, libero, expando los párpados. Estoy en un cubículo blanco. Hay mucha gente, uno
me dice: roban sangre.






María Florencia Giménez de Castro, Cantata.
Próximo título de Viajera Editorial.



Katherine Du Tiel

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