La condesa sangrienta. Sobre AmorAtada * Lucía De Leone


 

Viernes 2 de septiembre de 2016 en Casa del Bicentenario
Riobamba 985, CABA, 19 hrs

La condesa sangrienta.
Sobre AmorAtada de Karina Maccio

Entre amarilla y coloradita, con libros y cuadernos en sus manos, entró al aula. Se sentó en la segunda fila de bancos, centrada, sola. Bah, en realidad, con sus libros. El sol apuntaba directo a sus manos, cuántos anillos y qué grandes y sofisticados: con piedras, y ajustados en los dedos índice y pulgar. Por entonces no le dejaban moretones, es que aún no era la amoratada.
Creo que sí, que la ropa que usaba era oscura (en tonalidades violáceas, seguro: púrpura, lila, violeta, borravino). El profesor tardó unos minutos en llegar a la clase. Ella abrió un libro y empezó a leer. No perdía el tiempo, se ve, o acaso era de aquellas que no existen sin leer. (Una vez conocí a un señor, un vecino de casa, que leía mientras caminaba).
Desde una de las esquinas del aula -pequeña, acogedora, se prestaba a la intimidad- yo contemplaba la escena. Hagamos la composición de lugar: Facultad de Filosofía y Letras, mediados de los años 90, Literatura latinoamericana del siglo XX, programa sobre los años 60 y el boom hispanoamericano. En nuestro práctico se leía a Carlos Fuentes, su relato “Aura”. Esa fue la primera vez que vi a Karina Maccio. Se destacaba, como sin quererlo. Mientras comentábamos entre todos el relato de Fuentes, ella agregaba otras ideas, estaba leyendo Drácula de Bram Stoker. Participaba con alusiones góticas del texto de Fuentes que al tiempo que nos devoraban nos noqueaban a los demás.
Desde entonces, con mi grupo de amigas, la llamamos (no sabíamos su nombre) “La condesa sangrienta”. Blanca/ amarilla, coloradita/ violácea, alta, con una voz solemne, fanática de Drácula, se presentaba ante nosotras, muy pocos años después de la versión fílmica de Francis Coppola que modelizó nuestros imaginarios (los de las jóvenes estudiantes de los 90) sobre el vampirismo en femenino. Era el tiempo en que Winona Ryder y Gary Oldman capturaban los horizontes visuales y despertaban varias imaginaciones.
Fue un libro, tan luego, el que marcó el punto de partida del itinerario del vínculo que se fue trazando entre Karina y yo. Los años iban pasando. No nos veíamos. Karina iba forjando una firma y una presencia real. ¿Quiénes no asistíamos a Zapatos Rojos? Así las cosas, la vida, por fortuna, se empecinó en volver a reunirnos: ocurrió en un seminario que dictaba Delfina Muschietti sobre poesía y traducción. Otra vez, Puan. Karina estaba a cargo del taller de traducción de poemas de Sylvia Plath. Pero, ay, llegué tarde (¡maldito 132 que en Once se atascó!), se llenó el cupo, me quedé con las ganas. Un tiempo después la acompañamos en la presentación de Lestrigonya. Karina lucía el vestido de casamiento de su madre; la admiré por el gesto tanto como me sentí expulsada. Imposible no recordar escenas literarias ante tremenda escena literaria, por no decir, primaria. Los vestidos asfixiando a las mujeres en los cuentos de Silvina Ocampo, el vestido blanco que lucía María mientras remedaba un antiguo caminar por la rambla uruguaya en El pozo de Onetti. ¿No temías, Karina, transmigrarte como le ocurrió a Violeta (tan luego) en La casa de azúcar? El destino trágico de las aquellas heroínas no fue el de Karina en esa instancia.
Otra vez, la excusa era un libro como objeto de enlace. Usé el plural (“la acompañamos”) porque por entonces yo estaba recién de novia con quien conocía a Karina desde la infancia: habían compartido primaria, secundaria en el CNBA, facultad. Sentí unos celos terribles. Pero no los celos que en seguida vienen a la mente. No había espíritu para eso. ¿Cómo podía ser que él la conociera tanto y tanto antes que yo? ¿Y cómo podía ser que yo en una de nuestras primeras citas –allá por septiembre de 2003- lo llevara a la presentación del libro de alguien que estaba en su pasado? Así fue que cambié el rumbo y me empoderé (como se dice en astrología) de esa historia: Karina Maccio sería a partir de ese momento mi pariente política.
Desde entonces hasta hoy Karina se consolidó en su posición de viajera inquieta, siempre rodeada de libros. Profesora, formadora, editora, escritora, poeta, madre, aduana/traductora, cazadora de talentos, ¿agitadora cultural? Si tuviera que recortar una imagen de ella (si tuviera el talento de una fotógrafa, de una artista visual, de una cineasta) la situaría entre libros. Enseguida me asalta la obra de Grete Stern, con su serie de fotomontajes de Los sueños. Dos son los fotomontajes en los que veo a Karina. En uno, un rostro de mujer asoma de entre una montaña de libros que parece aplastarla. En otro, una mujer, figurada en otra escala (casi minúscula) camina entre y sobre libros al mismo tiempo que los adorna, o mejor, rearma con flores. (Conocemos a la Karina esteta, a la hacedora, esa que le da la terminación a las cosas).
De nuevo, mucho tiempo sin vernos. Mejor dicho, nos veíamos de otro modo, a través de Facebook, el salón literario, la tertulia, la plataforma artística de los tiempos presentes. Cambiamos la sociabilidad de los pasillos de Puan por la cultura del trato de los megusta, los comentarios y los inbox. Y un día llegó el día. El día en que recibí el inbox más preciado, el inbox más temido: Kari (alias kaeme, Glitter, pollo, Amarilla, ma, Kari, Karich, o simplemente K, o antiguamente “La condesa sangrienta”) me invitaba a comentar en público, aquí, hoy, ahora nomás, AmorAtada, el segundo volumen de Amarillo (amar y yo). Otra vez, un libro tendiendo el puente del amor, amor por la lectura, por la escritura, por las sororidades literarias. 14310364_1154494294610121_1004611450371237307_o
Si hasta aquí decidí contar las ideas y venidas y dar toda esta serie de vueltas es porque encuentro que AmorAtada es en primera instancia un libro sobre distintas formas del regreso. El anecdotario funcionaría, por qué no, como correlato del concepto del libro: los retornos, que atraviesan los poemas en sus múltiples maneras, que incluso se lexicalizan y canalizan mediante una de las varias referencias epocales: como a la célebre película de los 80, la de los hermanos que vuelven, se reencuentran, y que miramos quienes por entonces teníamos unos diez años, y llorábamos y pensábamos cuán terrible sería si eso nos pasara.
Pero, además, AmorAtada vuelve a volver. Es una segunda parte, una continuación, un bis, mucho más que un lado B: otro modo del retorno. Su título introduce un nuevo juego al pie del significante, aun mucho más potente, que derrocha sentidos. Antes fue así: Amarillo o Amar y yo, según la ortografía arrojada al escribir; Amarillo o Amar y yo según el énfasis fonético puesto en lo articulatorio. Con todo, Amoratada va por mucho más, regresa sí la trampa lingüística, pero cala todavía más profundo: “atada al amor”, si revertimos los lexemas que el neologismo reúne en su ímpetu arbitrario; “amortajada” si nos atrevemos a hacer prevalecer la rima consonante y a apropiarnos a nuestro gusto del clima de muerte -de muerta de amor, de muerta por amor, de muerta sin amor- que impregna a este nuevo volumen; “amoratada” así todo junto, al hacer foco en la poseedora de las manchas que deja el amor si nos golpea fuerte. Lejos de un amor amarillo (por qué no cifrarlo en la imagen de la embarazada en la dulce espera del hit del disco homónimo de Gustavo Ceratti), el amor violeta introduce la figura decadentista de la mujer que sangra (qué es un moretón más que pura acumulación subcutánea de hemoglobina que escapa sin tener hacia donde), la mujer que se erotiza y erotiza en su propio desangrarse. Una descomposición que pide a gritos desde el primer poema un modo más del regreso: “Haceme toda de nuevo”, “dame otra vida”, “fórjame una imagen nueva” son paráfrasis de la imploración de un yo poético ansiosa -después de la destrucción, de la explosión- por ser rearmada, por dar con el Pigmalion exacto o el científico loco (acaso un Frankenstein del siglo XXI) que encuentre las formas y conecte las partes de un recomienzo posible.

acá dejo el cadáver de lo que fui
Ésta es mi ruptura
te la presento
un cuerpo virgen, muy ofelia
ajulietado
acá te dejo esta ficción calcárea
tomá

incendiála
que las cenizas vuelen y el viento
me borre la cara
para volver a empezar.

Amoratada vuelve también a hablarnos de amor. ¿No era acaso el amor un tópico gastado, al que después de Alfonsina, por caso, sólo podía volverse con la ironía de un Girondo consagrado que se atreviera a ironizar sobre esa tradición con su “Todo era amor. No había nada más que amor”? Ahí es donde la poeta incursiona en una zona de riesgo. No por casualidad –sospecho- el primer epígrafe (nuestro umbral textual) es “L`amoreuse” de Paul Eluard.
Decía, entonces, que la poeta no sólo se le atreve al amor y lo canta poema tras poema sino que combina zonas tardo-románticas consabidas con un principio de intensidad y violencia que hacen de estos poemas un tratado de versos del amor más desesperado. El poemario es una cárcel de amor, nos encarcela en su arquitectura y nos atrapa de forma que sólo fugándonos podremos salir. La adicta que anula al hada que ayuda, a la nena buena, a la madre abnegada reclama más amor; la sonámbula se puede convertir en segundos nomás en una asesina en nombre del amor; la pobre enamorada que alguna vez en su torre del Abasto paseó en brazos a un bebé es la malparida que sabe gritar la incomodidad que sufren las descentradas, las que no comprenden o no son comprendidas, las que necesitan amor, las que al amor lo arrojan también escaleras abajo.
¿La madelaine de Proust se come o estalla en la cara? ¿Cómo es que un hogar se hunde como la casa Usher? ¿Las hadas están en los cuentos de terror? ¿Quién deja a quien en el amor? ¿Cómo no rendirse ante las frases de tanta pasión?

Dejáme ir vos
dale
ignoráme
insultáme –no, no,
realmente
hacéme el vacío
no te enojes
en eso hay pasión

Y el riesgo sigue aumentando. En la era del e-poetry, la poesía declamada, los video-poemas, la poeta apuesta por formas, que como el amor, ya estaban acaso trilladas. La operación aparece soplada en los poemas; la poeta, quiero decir, nos deja pistas de sus presupuestos estéticos, y mientras lo dice lo hace… la operación, repito, se dice en forma de verso y la poeta nos muestra en funcionamiento lo que llama un “corte de miembros sintácticos”, una “cirugía argumental”. Así es como se atreve a revisitar los blancos textuales, las cascadas léxicas, los juegos de sonido y resemantización; también incursiona en la combinación de verso con narración, en la incrustación de textos instruccionales, expositivo explicativos, y lo que trae una distinción: un uso subversivo de la normativa. En su universo poético los puntos separan palabra tras palabra, ya no la unidad sintáctica que denominamos oración. En su orbe ficcional los dos puntos no introducen aclaración alguna, se independizan y ocurren solos, saltan al abismo, no siguen la linealidad del significante, se encolumnan, solos, tan lindos, rebeldes, ellos, sin expectativas. Karina nos hace respirar de otro modo el tejido poético, nos guía, como una Virgilia, en la oscuridad de los círculos desconocidos y nos enseña un nuevo lenguaje.
Por fin, un último riesgo. Los libros, decía la amoratada, sirven para golpear, para acariciar, para besar, para impresionar, para seducirte mejor. En otra frase genial, el libro -decía la también genial Sara Gallardo- es hospitalario, un gran lugar donde conocerse, mucho mejor que un ascensor, por ejemplo, donde nadie sabe bien qué decir, hacia dónde mirar, donde se cuentan los segundos que faltan para bajarse. Karina Maccio, la poeta, pero también la editora, apuesta con Amoratada por el formato libro impreso, ese objeto que viene amenazándonos de un tiempo a esta parte con su peligro de extinción material.
Después de escuchar aquí la lectura de estos poemas, luego de presenciar las distintas transposiciones y versiones de los amorataditos, después de verlos ingresar en el registro de lo espectacular y en la dimensión de lo oral, podremos volver a ellos cuando queramos, porque estarán ahí esperándonos, ansiosos, sonámbulos, adictos, enamorados.

 

Lucía De Leone

 

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