Daniel Cáseres * Ella se desnudaba


 

Ella se desnudaba frente a las frutas de cera.

Estiraba los brazos como si fueran varas de gladiolos. Enterraba sus pies en las macetas celestes del balcón.

Se miraba hasta el cansancio. Conocía cada parte de su cuerpo.

De vez en cuando le ofrecía al espejo una flor amarilla de canela, atigrada y esférica. Una flor que perfumaba todo el pueblo, capaz de atraer a miles de insectos y reptiles multicolores.

Si aparecía alguno, ella lo rechazaba con gentileza. Le decía que esperaba al caballero azul. Después se cortaba un pedazo de trenza, se la ofrecía envuelta en chalas de maíz y lo dejaba partir con un beso de madre.

Cuando por fin despuntaba la enrojecida mañana, por encima de los gallos anaranjados, ella volcaba su frente sobre el jarrón de porcelana y decía: “El caballero azul no vino”. Y se acostaba triste, como una espada que se guarda sin haber lastimado a nadie.

Hasta que una noche, desenterró los pies, desarmó sus trenzas, las estiró con una piedra marrón y se acarició como se acaricia por primera vez, un pájaro de plumas coloridas, brillantes.

Y ya no se reconoció frente al espejo. No sabía dónde empezaban las manos o los pies o los muslos, si alguna vez había tenido. Entonces descendió del reloj una sombra negra que le besó los pechos. No era el caballero azul, pero le besó los pechos.

Al principio, aterrada, fingió que era de mármol blanco, pero la sombra susurró y ella soltó un quejido semejante a un portón de hierro que se abre y a un tropel de caballos azules, soltándose en su cuerpo.

Daniel Cáseres, 2017.

Compartido en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, en el marco de Minuto Color.

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