El dolor se hace presente, si no ves qué tenés en frente * Javier Pizarro


No es recomendable atravesar el cuarto de un bebé a oscuras si se desea pasar desapercibido. Los infantes llevan como impronta el arte de distribuir estratégicamente sus artefactos para que golpeen de manera imprevista al invasor.
Ya está por demás claro que la tarea de dormir a una criatura no es un trabajo fácil. Entre rutinas cambiantes (la de él y las nuestras), humores variantes e infinidad de etcéteras que nos hacen sentir que cada noche nos aventuramos a un nuevo desafío en el que nadie se atreve a arriesgar un resultado. Porque es indiscutible que, más tarde que temprano el pequeño termina durmiéndose. Lo que ignoramos es qué tan costoso será llevar a cabo la gesta, o si las bajas, finalmente serán más de una.
Con todo lo traumático que puede ser esto para un adulto, no tiene comparación con la sensación de desamparo que se experimenta al comprobar que luego de luchar contra viento y marea para que el pequeño concilie el sueño, el destino nos impone que nuevamente debemos entrar a su cuarto. Las razones pueden ser infinitas, inclusive si sólo contamos las de extrema urgencia como ser: celulares o teléfonos inalámbricos olvidados muy cerca de donde descansa ahora el pequeño, un reloj, una agenda o cualquier otro objeto, que no tiene funcionalidad alguna en el recinto del menor, que por esas causalidades de la vida, en estos momentos, nos es imprescindible recuperar.
En un estado de absoluta resignación, lo primero que se nos ocurre como medida extrema de seguridad, es que la incursión debe llevarse a cabo con el cuarto completamente oscuro. El razonable argumento que sostiene este artilugio, es para evitar que la luz LO despierte. Porque todos sabemos que si se durmió y se despertó, volver a dormirlo, será mucho, pero mucho más trabajoso
Entonces, nos ubicamos en la puerta, del otro lado de la frontera, nos descalzamos porque de esta forma también minimizaremos el ruido de nuestros pasos. Observamos nuestros pies, el descubrirlos envueltos de una media que absorberá cada mínima partícula sonitiva de los pasos nos transporta, nos materializa en un YO oculto y desconocido hasta este momento. Somos los ninjas del hogar. Una suerte de héroe anónimo que se mueve sigilosamente entre las sombras, como si no existiera, como si fuera una brisa. La onda de un pensamiento apoyado en el aire en busca de cumplir su único objetivo. Mercenarios de la justicia, esa que llega sin avisar y se retira anónimante.
Estamos listos, ágiles y valientes. Nuestra mano envuelve el picaporte de esa puerta que nos separa de nuestra próxima aventura. La abrimos con esmerada lentitud y delicadeza. Escuchamos una suave y constante respiración, música para nuestros oídos. Sabemos que tenemos contados segundos antes de volver a cerrarla desde adentro, para ubicar a la distancia la “cosa” olvidada. ¡Ahí está! Una emoción contenida nos exalta el pecho al divisarla. Por fortuna las habitaciones no son tan grandes y eso nos da la ventaja de dejarnos a breves pasos. Avanzamos con extremo cuidado. Si somos afortunados, ahora que hay oscuridad absoluta, lo hacemos en dirección hacia donde pensamos encontrarnos con el preciado tesoro perdido, si no, solamente en alguna dirección al azar (como la vida misma).
Alrededor del tercer paso, nos damos cuenta de nuestro primer error: ingresar descalzos. Cuando no le damos una patada a una mesa de actividades, descansamos nuestro peso sobre alguna pieza angulosa de madera. O lo que es peor, lo descargamos de lleno sobre algún juguete de goma, de esos que chiflan cuando sacan aire y chiflan más cuando entra. Esto si tenemos la fortuna de no triturar ningún juguete de plástico que en su ejercicio de inmolación se vengará dejándonos la planta del pie llena de pedacitos incrustados. Con el primer paso fallido, comienza el efecto en cadena y al primer salto, mientras estamos en el aire, sabiendo que indefectiblemente nuestro siguiente paso será más escandaloso que el anterior, caemos en la cuenta de nuestro segundo gran error: estar en absoluta oscuridad en terreno enemigo y minado.
Si la criatura no se despertó por el estridente concierto, seguramente lo hará cuando reconozca nuestra voz, arengando una variada y surtida colección de epítetos y ruidos guturales en todos los idiomas, todos a la vez.
En este punto, poco importa, para qué entrábamos. Víctimas del perverso juego de la vida, esa gran oca omnipresente que nos devuelve al punto de partida, a ese primer y absolutista casillero que dice: “debés dormir a tu hijo antes de continuar la partida”.

 

 

Javier Pizarro, Paternidad se estrena.

Viajera, 2017.

 

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