Fredy Yezzed en la Feria del Libro * 13/5


 

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1. La realidad está limitada por la totalidad de la poesía. La poesía no tiene límites.

1.1 La poesía es un jardín: un jardín que habla de otros jardines.

1.11 Poesía, en una palabra, señor entrevistador, es requiem.

1.12 Pero la mejor definición de poesía es la siguiente proposición: Poesía no es ni lo uno ni lo otro; quizá tampoco lo tercero.

1.13 El lenguaje es la flor, dijo Mallarmé. Si esto es así, entonces, la poesía es la floración: encantamiento de la flor.

1.2 Under the Winter: quizá su madriguera más cálida, más productiva.

1.21 El único enemigo de la poesía es el poeta: allí, es él contra él mismo.

1.22 & ese silencio… ( ) Es el lenguaje que reclama su propia poesía.

1.3 El mundo siempre ha sido una colección de murallas, & el lenguaje no es más que una de esas inquisiciones del cielo. La poesía solo comete la osadía de saltarla.

1.31 La poesía es como el almendro: sus flores son perfumadas y sus frutos amargos.

1.32 Anudar una palabra a otra, con la esperanza de unir un hombre a otro.

1.33 La poesía que no extiende los brazos es una poesía mutilada.

1.4 Lo meta-poético son las arañas que se comen a su madre

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2.031 La blasfemia, el insulto: agrietan el aire.

20232 El desdentado está más cerca de la Libertad. No le pone obstáculos a lo que viene de adentro.

2.0233 Toda la mudez inexplicable es el recuerdo: el sintagma que se ha quedado anclado a la sal del pasado.

2.027 El pensar es numérico. Los números: imaginación enjaulada.

2.0271 Todos somos contadores de sí-la-bas. El que quiera el oficio del aire: tiene que contar sílabas; debe saber más del número que del sonido.

2.0272 Es tan difícil llegar a la Nada. Es tan atlánticamente imposible dejar de nombrarse.

2.0277 Pero aún más difícil es decir el sueño: esa llanura de carneros misteriosos.

2.0279 ¿& qué hace tanta palabra, si no es luchar por el hombre, reverdecer al hombre ?

2.02791Porque uno tiene fe en las palabras, por eso es que creemos entendernos.

2.028 Cierro la boca: y me quedo solo.

de El diario inédito del filósofo vienés Ludwig Wittgenstein

***

SIEMPRE QUE ESTOY SOLO SE ME OCURRE UN PERSONAJE. Es la misma escena desde hace unos meses. En realidad no sé si la he leído en alguna parte o la he imaginado. Hasta ahora no entiendo por qué no cambian los detalles. Se me ocurre que hay un hombre viejo encerrado en un cuarto. A través de una puerta pequeña le pasan los platos con comida. Los traga moderadamente. Masca un muslo de pollo y le parecen bellos los cantos de los gorriones. Luego pasa a través de la misma puerta el plato desocupado.

El mismo anciano con su cabello blanco en desorden se sienta frente a un piano. Oprime las teclas como si de verdad supiese interpretar el instrumento. Cierra los ojos como despojado por la música. Ladea la cabeza de un lado a otro como si viajara en la balsa de las notas. Pero ocurre que dentro del piano las cuerdas están cortadas con tijeras. Del piano no sale ningún sonido. Es en ese instante que el hombre se voltea, me mira por primera vez y me dice: “¿Escucha el silencio?”

Es complejo, muy raro, porque yo escucho la más bella sinfonía.

POR ACCIDENTE HE PASADO HOY la palma de mi mano por la cabeza. La he palpado minuciosamente ahogado en un silencio perplejo. Me he dado cuenta de que estaba rapado por completo. He deslizado con suavidad mi mano por la frente, la nariz, la quijada. Me mojaron la angustia y los nervios como la ola contra un acantilado: había olvidado cómo era mi rostro.

Caminé de un lugar a otro con desesperación. Me busqué en el reflejo de una ventana sucia, en el revés de una cuchara, en el brillo del marco de una puerta metálica. Pero no me pude ver. Indescriptiblemente me carcomió la tristeza. Lloré acurrucado en un rincón. No comprendí por qué no hay espejos en este lugar.

Digo palabras falsas con la cabeza clavada en mi pecho y mis dedos entrelazados en la nuca: adentro soy yo y mi propia imagen. Adentro está mi espejo. Pero mi espejo no tiene reflejo. Soy un hombre sin rostro.

 

 

de La sal de la cordura.

 

 

 

Fredy Yezzed. Bogotá, Colombia, 1979. Escritor, poeta y activista de Derechos Humanos. Después de un viaje de seis meses por Suramérica en 2008, se radicó en Buenos Aires, Argentina. Tiene publicado los libros de poesía: “La sal de la locura”, (Premio Nacional de Poesía Macedonio Fernández, Buenos Aires, 2010), “El diario inédito del filósofo vienés Ludwig Wittgenstein” (Buenos Aires, 2012) y “Carta de las mujeres de este país”, (Mención de Poesía en el Premio Literario Casa de las Américas 2017, La Habana, Cuba). Como investigador literario escribió los estudios “Párrafos de aire: Primera antología del poema en prosa colombiano” (Editorial de la Universidad de Antioquia, Medellín, 2010) y “La risa del ahorcado: antología poética de Henry Luque Muñoz” (Editorial Universidad Javeriana, Bogotá, 2015).

 

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