Piedra Rosseta * Axel Levin


 

Estoy en Londres, mitad del viaje, y eso que me recorre hasta ahora solo en una intención fragmentada toma forma.
¿Cómo traducir algo de todo esto?
¿Cómo traducir algo?
Ayer, mientras caminaba con auriculares y mate hacia el British Museum, punto fijado para reencontrarme con mi amigo después de unos cuantos meses, se me vino al fin la pregunta, cortante, rotunda en su capacidad de síntesis. Porque este viaje es una centrífuga, una bujía constante de sensaciones e imágenes que solo se me hace posible escribir –pensé cruzando el puente que atraviesa el Thamesis entre golpes de viento– en su entidad desordenada.
Se me viene a la mente el vitró violeta naranja amarillo de la catedral de Praga, red espiralada y floreciente entre paredes levantadas durante seis siglos. Entonces los checos que me encontré en el aeropuerto de Tel Aviv entre el miedo de estar solo, y saber prácticamente nada de inglés, me llevaron al centro para invitarme una cerveza y una sopa tradicional de hongos. Logré explicarles cómo se juega a la guerra con las cartas españolas y entendí, después de mucho gesto cavernícola o errado, que uno de ellos estaba por cortarle a su novia y quería viajar por el sudeste asiático.
Decir algo muy básico, como que vengo a hacer el check-in o que no entiendo si la plata que me piden para dejar la mochila en el locker después me la van a devolver, no poder reírme, conseguir la comunicación igual, aprender un poco, buscar palabras con el celu. Encontrar a un argentino en el hostel como un evento inaudito. Perder un pasaje desde Brujas e intentar conversar con el conductor para que me haga la gauchada. De repente Amsterdam con su millar de puentecitos y canales dispuesto en círculos concéntricos como si alguien hubiese roto la calma de un lago tirando una piedrita. Llego a las 7 am y atravieso todos sus anillos a tientas de gps con la mochila grande y la noche cubierta. Entiendo poco la dirección y me pierdo a propósito varias veces. No me cierran las casas finitas e inclinadas, apiladas en fila, fachadas en punta elegantes, coloridas, rebuscadas, ni una igual a la otra, techos como pelos alocados que compiten. El torrente de bicis que se pueden dejar en cualquier lado. Las luces redondas que dibujan los ríos a los costados, autos que se conectan a postes o barcos con numeración de casas. No entiendo la zona roja y que vender marihuana formalmente siga siendo ilegal, coffe shop.
Cómo traducir.
Se me viene la voz de un amigo diciéndome en Israel mucha data, boludo, no puedo más.
Estoy por llegar al British Museum y me acuerdo que una vez alguien me dijo si querés conocer Egipto andá a Londres. Sé que entre muchísimas otras cosas estoy por ver la piedra Rosetta y no sé si me parece más increíble eso o que los ingleses la sigan teniendo ahí, junto a los principales tesoros de medio oriente.
Cómo traducir algo.
Porque asocio que este año quiero trabajar de profe de Historia en secundarios, que me recibí de Antropólogo una semana antes de viajar y las palabras de la pregunta me golpean ahora.
Cómo escribir aunque sea un poco, un poquito.
En el museo el abrazo con mi amigo, las ganas de ese momento mezcladas en un apretón entre conocido y extraño por el tiempo o el entorno poco coherente. Recorremos las salas como cuando teníamos doce años y nos sentábamos al fondo del aula para leer novelas de fantasía sin que nos vieran. La sala de los egipcios con la piedra-diccionario, eslabón indispensable para atar los sentidos olvidados mientras un ejemplar cosmopolita de personas, en su mayoría orientales, se apiña para sacarle fotos sin flash. Los sarcófagos, los dioses-pájaros antropomórficos, los cetros rubí esmeralda, oro tallado, iridiscencia de jeroglíficos en movimiento contándonos los mitos y batallas que sostuvieron su mundo. Jerarquía, status, clasificación de los objetos, ¿reciprocidad?, ceremonias de nominación, estructura de linajes clasificatoria. Talismanes. Tumbas como reliquia inaugural del ser humano y su diferenciación. Los asirios, código de Hammurabi, la escritura, ley oral perdida, medio oriente de nuevo y la estratificación imparable, ojo por ojo. El espacio dedicado a lo que se conserva del Parthenón está en su mayoría vacío, un cartel comenta que lo trasladaron temporariamente a Grecia por la conmemoración de no me acuerdo qué fecha y que pronto estará de regreso para que lo sigan cuidando. Mi amigo se ríe, los carteles largos me los lee él, dice que por lo menos tengo que apreciar la ironía del asunto.
¿Cuánto tiempo tarda en desarmarse las ruinas del templo-madre de occidente para transportarlo a otro lugar?
¿Cuánto tiempo hay en la transformación de todos estos objetos-mundos en tesoros?
Los niños ingleses de primaria van y vienen en grupos, se sientan frente a una vitrina, marcan el casillero en su grilla de búsqueda, quizá dibujan o responden una pregunta y siguen a otra.
¿Cómo?
¿Cómo se hace?
Este viaje es un intento permanente de traducir, o de convivir con esa imposibilidad. También sé que cuando vuelva voy a ir registrando lo que cambió, ligeros movimientos de lo que soy o quiero ser, ahora apenas perceptibles. Por lo pronto, saborear caminar mucho con mate y auriculares, sentirme contento si alguien me mira porque no entiende lo del termo y la bombilla, y paladear la pregunta como un hallazgo a exponer sin vitrinas o reglas de distancia.
Cómo traducir algo de todo esto.
Cómo traducir algo.

 

 

Axel Levin, 2018.

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