De repente estoy llegando a Praga * Axel Levin


De repente estoy llegando a Praga desde Israel en un low-cost difícil de creer que exista. Veo por entre medio de los asientos de enfrente que unos dedos escriben apurados en un celular con pantalla rota: “Acabo de aterrizar, de acá a Bruselas, y después New York. Tengo dos horas. Ya me puse al día. Estoy preparado para la misión”. Recuerdo que antes de despegar ese pasajero de cara gris estaba leyendo un texto largo desde la superficie resquebrajada, en el que leí “Trump” varias veces. Entonces me doy vuelta para comprobar si otra persona devolvía complicidad, si alguien más que yo había visto lo que no debía, al mismo tiempo que entran cuatro policías-tanques. Miré sus chalecos antibalas y rifles. En un silencio absoluto, comienzan a caminar por el pasillito. Van a parar enfrente junto al tipo y se va a armar un tiroteo, pensé. Miraba todas las caras dándome cuenta de que nadie sabía del espía (no puede ser un espía, ¡no estás en una peli!). Seguí el paso de los oficiales checos y sus boinas con el corazón al bode de estallar, marcando el ritmo del mutismo colectivo del avión. Pasan delante del espía, pasan delante de mí (respiración profunda), se paran tres hileras de asientos atrás y se llevan esposado a un ser de no más de treinta años, repleto de tatuajes. Luego la azafata, el protocolo cotidiano, las personas levantándose para agarrar sus valijas y empezar a salir. Yo hago lo mismo, sin dejar de observar con cierta carpa al pasajero-espía de enfrente.

El viaje me agarra la mano, susurra escenas que trasplantan, se ríe un poco, molesta, altivo: ¿tan rápido lo dejaste ir?

El trayecto fue el de Amsterdam-Brujas-Londres. Salí temprano del hostel de Amsterdam, vehículo a la estación central 7.00h (puntualidad infalible). De ahí a un tren que hizo trasbordo en Bruselas hasta llegar, promediando el mediodía, a Brujas. La idea era pasar la tarde, disfrutar de conocer ese pueblo medieval extravagante con un nombre imposible de eludir, y a la noche volver para tomar el tren a Gante, una ciudad desde la que se podía ir a Londres en micro. Dormiría en el viaje económico y me ahorraría el hospedaje. Todo cerraba. Hasta la duda sobre cómo iba a cruzar la superficie marítima en cuatro ruedas era una incógnita fascinante. Tenía sacado el pasaje Gante-Londres para las 0:55h y, ya para esa altura, cuestiones como el frío o la incompatibilidad idiomática habían perdido su dramatismo. Al menos me sentía con la suficiente aptitud para que así fuera.

¿Ya te olvidaste de todo esto?

¿Tan confortable es anular?

Las indicaciones en los letreros y el google-traductor fueron lo suficientemente claros para llegar a Brujas sin altercados, y a esa pequeña gran victoria se sumó la de encontrar un locker en la estación. Después de varios intentos, logré hacerlo funcionar y aislar la mochila en uno de tamaño mediano, ticket por doce horas. Lo único que nublaba ese envalentonamiento inicial era que el pronóstico europeo, varias veces consultado desde el celu en los días previos, no se equivocaba y había comenzado a caer una llovizna ligera. Nada que no pudiese enfrentar. Tenía paraguas y no muchas opciones, así que le di para adelante. La tormenta, sin embargo, no fue el problema de ese día. Solo una antesala necesaria para el resto, a pesar de que estuve toda la tarde bajo la lluvia, sin refugio ni ropa para cambiarme. De hecho, la jornada, entre un free-tour por los gremios de oficio del siglo XIV, y el museo interactivo que te “transportaba” al pasado en habitaciones ambientadas con robots, se la bancó bien. Conocí la iglesia donde se custodia la auténtica sangre de Cristo, en un papel dentro de un frasco dentro de otro bajo la mirada 24h de una monja. Y los bares con sus chocolates belgas.

Ya pasó medio año desde que volví de viaje. Pero vuelve a mí, me lleva. Lo dejo, lo dejo y lo uso. Porque entre tanto vaivén acelerado me trabo, por más firmeza en la dirección suelo anclarme en las trampas de la mente.

El verdadero inconveniente lo tuve en Gante.

En un local de shawarmas a la vuelta de la “estación”, mirando Black Mirror desde el celu para pasar la noche fría hasta las 0:55h, me di cuenta.

Me había ido de Brujas más temprano de lo previsto porque no aguantaba la ropa mojada. La había cambiado ingeniosamente en el baño del tren abarcando las dos paradas de distancia. Luego caminé los tres kilómetros a pie sin quejarme, google-maps y mochila, que separaban de improvisto esa terminal de la de micros. Recuerdo que en el trayecto me repetí otra noche de invierno, otra ciudad gótica-medieval, otra que está casi desierta, hasta llegar a la “estación”. No era más que un descampado. Así que di una vuelta y me escondí en ese kebab express glorioso para sobrellevar tranquilo las horas.

Es importante permitirse esos lujos.

Me preocupaba, sin embargo, que las ventanillas de las empresas de trasporte estuvieran cerradas. De todas formas, el día hubiese terminado como uno perfecto, anécdotas con virtuosidad justa, si el “axel” de un mes atrás hubiera sacado bien los pasajes. Ahí, 23h, sintiéndome un triunfador, dudé, me fijé en los papeles arrugados al fondo de la mochila y me di cuenta de que coincidía la fecha con el día que estaba terminando. Es decir, mi micro había pasado a las 0:55h. Pero no todo era una derrota. ¿Cuánto podía costar explicárselo al chofer? A lo sumo pagaría una diferencia, lugar había.

Completo el circuito. Un aro de mundo que se sobrecalienta. Como cuando estoy solo y libre y me preocupo por lo que no hago, cuestiono en base a lo que podría, o pienso cuando estoy con las personas que quiero en vez de estar

El fracaso solo lo pude asumir cuando a la una de mañana en el descampado de Gante el chofer inglés del Flixbus me explicó que, o pagaba el triple de un pasaje normal, o se iba. i can´t sleep here – i need go London now – i neeeed. Mis ruegos gesticulados no hicieron efecto. Quizá se había dado cuenta, incluso, que había intentado pasar con esos papeles mojados y vencidos a conciencia, diciendo entre sorprendido e indignado: Ooo, i don´t know – i have a ticket for London – This is a ticket – i haaave. Estafado por mi negativa mental a comprarlos con el wifi del kebab express hacía una hora mientas comía otro shawarma, me acurruqué sano, salvo, y malhumorado en un asiento. Cerré los ojos.

Negar la negación.

Acostumbrate.

En Londres dormí en un cuarto con treinta y seis personas. Las camas eran cuchetas triples y había un olor palpable que te dejaba la piel pegajosa. Pero las noches más polémicas las pasé en el cuartito para cuatro en Granada, el más chico de todo el viaje. Lejos de ser un respiro, como pensé cuando entré, resultó ser un insomnio permanente. Nunca en mi vida escuché semejante nivel de ronquidos, potentes, obscenos, la cama temblaba como un “sube y baja” sónico con muchas fallas, y cuando no aguantaba más y movía a uno, la respuesta era “yo no soy”.

¿Tan fácil es desprenderse?

¿Hasta qué punto podés?

De todas maneras, la situación nocturna más estrafalaria la tuve en Venecia. La primera noche, luego de desencontrarme la mayor parte del día con un amigo por entre ese millar de canales y puentecitos enroscados, tampoco pude dormir de tanto traqueteo gutural. Solo que esta melodía entrecortada (a diferencia del rugido impúdico granadino éste era una sinfonía absurda de soniditos) provenía de un chino gordo y sudado. En un exceso de amabilidad no había parado de hablarme. Ni siquiera para afeitarse o asearse con un toallita, operaciones que hizo en el cuarto, al lado mío, sin reparar que no entendía palabra de su monólogo. Al parecer, estaba con unas ganas importantes de mostrar su beatitud, porque me ofrecía galletitas y preguntaba, con gestos, qué buscaba en el celular, resaltando su disponibilidad para hacerme compañía. La segunda noche, la última del viaje, sabiendo que el chino ya se había ido, llegué al hostel contento, algo nostálgico, seguro de que ya nada me iba a sorprender, o que como mínimo me deparaba una situación de mayor comodidad. Abrí la puerta de la habitación. Me encontré a tres mujeres con burka interrumpiendo sus oraciones en el piso, mirándome.

Vivo de nuevo esos momentos como cápsulas de universos paralelos que sin embargo son míos, atraviesan el circuito y lo rompen. Se enganchan, ensortijan, tiran de lo que soy. Señalan el viaje, lo cotidiano, forman la rutina extraordinaria.

Lo dicen con un gesto obvio: dale, che, ¿te parece hacerte problema?

Desprendete, cómodo, por más difícil, dejalos ir hasta que sea lo mismo olvidar.

Axel Levin, 2018.

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