D/D: desnudez y disfraz en Strip-Dancer * Soledad Arienza


Llegué a Strip- Dancer (2014), de Gabriela Tavolara, de manera accidental, como nos llegan los libros que por alguna razón serán significativos. Los encuentros furtivos y/o azarosos con los libros son una parte fundamental del acervo experiencial de nuestro paso en este mundo como lectores: no es lo mismo el libro que se busca premeditadamente (sea por la razón que fuere) a aquel que deviene fenómeno1, irrumpe nuestra cotidianeidad y aparece, como quien no quiere la cosa, sin pedir permiso.

La estructura del texto de Tavolara permite un ingreso por varias vías. La multiplicidad -de géneros, de voces, de tipografías, de subtítulos- es justamente uno de sus rasgos principales: una decisión formal que transgrede los límites textuales e irradia en el plano de la recepción. El texto adquiere diferentes modulaciones y es, a la vez, prosa narrativa, prosa poética, verso, diálogo, aviso clasificado, entrada de diccionario, mensaje de texto, conversación de chat, registro del habla urbana porteña. Estos vaivenes de la palabra exigen, a mi parecer, un lector camaleónico y atento, que vaya reenfocando su mirada lectora a las convenciones que cada sección del texto propone.

Pero la multiplicidad no es solo un aspecto formal de esta novela; es el texto. “Una persona es mínimamente una bifurcación”, piensa la narradora, mientras está siendo entrevistada (y sujetada, analizada y cosificada) por Paúl, la cara visible del Madonna Night Club. La novela pone a rodar esta afirmación con el correr de las páginas y la va potenciando: somos, como mínimo, una bifurcación. Toda bifurcación nos plantea una elección. Nos la exige: debemos tomar un camino, y dejar el otro. Elegir es renunciar, dice el dicho. Aunque también empoderarnos. ¿Pero qué si no queremos volcarnos de manera tajante en una dirección? ¿Qué si nos atrevemos a habitar la bifurcación?

Eso es justamente lo que hace Strip- Dancer, bifurcada en, por lo menos, dos identidades: Lucero y Strip. “Juego con los imanes de la heladera L-U-C-E-R-O. Mi nombre siempre me pareció muy marchito, entrecruzado el manzano. Se me cuela una Z: LUZ- CERO. Yo quería un nombre nuevo, con brillo y estrellas, por eso me empecé a llamar Strip-Dancer”. Lucero que deviene oscuridad absoluta (luz- cero), que transmuta en otra lengua y habilita otra identidad, aunque sin anular la primera. Convivir en ambas, de eso se trata este texto: “Será por estar querer de los dos lados, en todos. Ser perfecta. Ser un caso perdido, inútil. Positiva- Negativa. Madre- Padre. Hija, Hermana, Nieta. Estudiante- Docente. Hombre- Mujer. Novio- Novia. Lengua- Literatura. Escritor, lector, quiero salir de mi cabeza”. Y agrego: ser prosa-poesía. Bailarina nocturna- flâneuse diurna. Presencia- virtualidad. Coger- hacer el amor. Bifurcarse y seguir siendo una en esa bifurcación.

Ahora bien, todas estas bifurcaciones planteadas por la narradora dejan al desnudo la compulsión occidental por los binarismos. Aunque decidamos habitar las dos potencialidades, siempre seguiremos dentro de la regla del dos. ¿Y si abrimos el juego?

Podríamos postular lo siguiente: nacemos siendo puro presente y pura multiplicidad: somos. Y punto. Hasta cierta altura de la existencia, todo está por verse, y la paleta de colores a disposición es sorprendentemente amplia, porque no está preestablecida. Aun considerando los evidentes condicionamientos de clase, geográficos y socioeconómicos, que por supuesto existen. Hablamos de la potencialidad de imaginar y fantasear; de esa cualidad que nos permite calcar mundos posibles: hasta determinada edad, este rasgo es escurridizo, inasible, incalculable, incensurable. ¿Qué pasa después? Strip- Dancer nos orienta: “El niño o niña que fuimos cubriendo de hombre o mujer serios, derechos, firmes, estrictos, erectos”. Nos cubrimos. Nos disfrazamos. Nos paramos. O mejor: nos cubren, disfrazan y paran, primero otros y otras. Después aprendemos: internalizamos esta conducta y ya directamente lo hacemos solitos. Nos refrenamos. ¿Y qué genera esto? Espanto. Terror ante la desnudez.

En el ensayo “Desnudez”, Giorgio Agamben recorre el estrecho vínculo que la desnudez mantuvo, a lo largo de las diferentes etapas de la historia occidental, con el cristianismo. El filósofo italiano hace una lectura detallada del relato del Génesis, y analiza cómo ciertos autores como Agustín interpretaron dicho relato. Lo que para Agamben queda claro en el texto bíblico es la asociación de la desnudez con una condición negativa: “Y, también en estos fugaces instantes [del Génesis, en los que Adán y Eva están desnudos] la desnudez se da por así decirlo sólo negativamente, como privación del vestido de gracia y como presagio del resplandeciente vestido de gloria que los beatos recibirán en el Paraíso. Una desnudez plena se da, tal vez, sólo en el Infierno, en el cuerpo de los condenados, irremisiblemente ofrecido a los eternos tormentos de la justicia divina”.

¿Será cierto que en el siglo XXI estamos reconciliados con la desnudez? ¿Es verdad que ya no nos genera incomodidad? ¿No será que lo que se acepta es tan sólo una versión de la desnudez, una desnudez domesticada? “mujeres robot/ en serie/ (así se supone que somos más lindas)/ un hombre de pelo largo y depilado/ una mujer de pelo corto y con pelo en todo el cuerpo/ pero queda la duda/ el artículo correcto/ lalola/ ¿El travesti o la travesti?”. La desnudez se acepta siempre y cuando está en función del capitalismo y del patriarcado. Si no, sigue estando encadenada a lo negativo, a la falta de gracia, de estado divino: revísese sino el revuelo que causaron, en nuestras latitudes, el tetazo o el más reciente corpiñazo.

Strip- Dancer se disfraza para no desperdiciar su desnudez: “¿Seré yo cuando me desnudo? A veces lo siento: toda la ropa me queda mal, ninguna de las identidades me cuadra… después de desesperar descubro que prefiero estar desnuda… con esa belleza que no tiene significado (sin tatuajes). Pero por la vida, adopto algún personaje, cubierta de ropa para que nadie descubra mi secreto, mi nada”. Nos disfrazamos y nos desnudamos, alternativamente, para intentar que nuestra desnudez no sea utilizada en pos de los fines capitalistas y patriarcales, para que no sea asida, para que sea empoderada. Hay desnudeces que descolocan cuando no son estandarizadas: desnudez travesti, desnudez gorda, desnudez infeliz– “Que si te maquillás entonces no estás deprimida”-. Hay, en cambio, desnudeces que justifican (al hombre) y culpabilizan (a la mujer): “-¡VOS TE LA BUSCÁS VISTIÉNDOTE ASÍ!”. Y mientras tanto, internamente: “(me río/ me tapo la cara/ no quiero que me griten cosas…/ no me quiero hacer la linda)/ ¿Listo?/ ¿Ya soy una mujer?”. Precisamente eso se cuestiona Strip- Dancer: ¿qué es ser una mujer? ¿Aceptar la obligación de sufrir, como siempre se nos hizo creer? De tener que sufrir depilándonos, pariendo, operándonos, endureciéndonos, tonificándonos, menstruando. De ser seres sufrientes porque en eso se juega la “esencia” de “ser mujer”. Todo eso viene a desenmascarar nuestra protagonista, a través del paradójico juego del disfraz.

Del disfraz usado como estrategia para transitar ese baile de máscaras que es la ciudad, ya que la desnudez, como dice Agamben, “jamás termina de acontecer. En cuanto su naturaleza es esencialmente defectiva, en cuanto no es sino el acontecimiento del faltar de la gracia, la desnudez nunca puede saciar la mirada a la que se ofrece y que continúa buscándola con avidez, incluso cuando la más pequeña porción de vestimenta ha sido removida, cuando todas las partes ocultas se han exhibido con desfachatez”. Insaciables: así son los espectadores que ven bailar a Strip- Dancer. “Comienzo en la oscuridad. Música sensual de Britney Spears. Enseguida, la luz me enfoca: estoy de espaldas frente al público: rojo látex. Comienzo la coreografía. Los tipos me miran como lobos que se quieren comer a estepedazodemujer”.

¿Objeto sexual? Sí, en esa circunstancia. ¿Tan sólo un objeto sexual? No: “Simplemente es el trabajo que encontré: de bailarina… me van a pagar y punto… no tengo nada que ver… Sí me sentí una cosa sexual. Sí me sentí mujer en el peor sentido de la palabra. […] Sí no sé si esto es caer. Sí sé que esto no le va a gustar a ninguno, a nadie de todos los que conozco. Ahora, tener un laburo x (bueno, triple x en realidad, jaja) es más importante que correr por mantener las apariencias, el supuesto rumbo. Sí, a veces hay que esperar, priorizar la guita. Y sí, porque es necesario construirse solo, sin los mandatos”. Disfrazarse para desnudarse y poder dejar de aparentar; para vivir más cerca de aquel mundo cartografiado que habíamos delineado cuando aún no nos habían entumecido. Pero necesitar dinero para eso. Apresar y elegir habitar la bifurcación (bailarina nocturna/ estudiante/ escritora).

Estas son algunas de las variables que pone en juego el texto de Tavolara, en el escenario de una Buenos Aires configurada como un sensual baile de máscaras. Allá, o sea, acá, la desnudez disputa sentido permanentemente: “niños/ pobres/ niños/ ricos/ sos grande/ sos chico/ sos mediano/ sos diminuto/ de viejo joven tamaño/ correte el pelo/ no te muevas/ S.O.S./ tenemos un problema/ vestido/ vestida/ desvestidos/ pelá todo”. En colectivos, en bancos de plaza, en caminatas por las calles; de noche, de día: los cuerpos se entrelazan y adoptan variadas contorsiones. “el congreso de buenos aires/ el congo/ buenos aires/ jungla de cúpulas/ cascos políticos/ cascajos/ protestan/ protesta/ protestas/ ¿estás protegido?”. La selva urbana se cubre de cemento y asfalto y nos mira imperturbable: sus habitantes deambulamos tratando de no convertirnos en autómatas.

¿Será que en eso se cifra la potencia de la desnudez? A través de sus páginas, Strip- Dancer nos conduce por el derrotero de los cuerpos urbanos en estado de efervescencia y crispación. En una ciudad que late las veinticuatro horas, ¿qué bifurcación elegir? ¿Por dónde jugar nuestra corporalidad? ¿Se trata de disfrazarse o de desnudarse? ¿Y cómo hacer que cualquiera de esos acontecimientos que elijamos no sea fagocitado por el mercado? Quizás leyendo y releyendo este texto encontremos una pista… quizás sea cuestión de seguir a nuestros cuerpos y habitar sus bifurcaciones. Quizás se trate de revelarnos ante lo impuesto, reconocer que somos a la vez disfrazables y desnudables y celebrar que, como dice Strip- Dancer, “Desnuda me queda mejor mi cuerpo…”.

1 Del lat. “phaenomenon” y este del gr. Φαινόμενον “phainómenon”– “aquello que se muestra”.

 

Soledad Arienza, 2018. Sobre Strip Dancer de Gabriela Tavolara.

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