El que con niños juega, pierde * Javier Pizarro


Siempre que le propongas un juego a un bebé,

aseguráte poder mantenerlo por mucho tiempo.

Por alguna extraña y oscura razón de nuestra inmadura psicología como especie dominante, a la mayoría de los adultos nos atrae la idea de vernos “divertidos” frente a una criatura. En pos de generar y sostener este personaje buscamos, en primera instancia, captar su atención. Atravesado este primer umbral del acercamiento, enterados de que ya captamos la atención del menor, nuestro ego se endulza y se nos nubla la razón. Dejamos la
mente de lado y el instinto nos grita que estamos en condiciones de generar una profunda huella en su memoria. Tenemos todos los elementos a favor. Nuestra progenie nos mira con ojos vivaces, esperando una propuesta. ¿Cómo negarnos? ¿Cómo desconocer ese terrible y ensordecedor llamado de la naturaleza? Según entiendo, existen tres niveles de reconocimiento y afianzamiento del vínculo padre-hijo. En el nivel uno, sólo
nos limitamos a entender y asimilar que compartimos un mismo espacio circundante. Nuestras mentes, desde su lugar más primitivo, ceden sus pensamientos agresivos de defensa territorial, para permitir una mutua aceptación y abrir la posibilidad a los primeros pasos del vínculo.  Comenzamos a vernos como aliados y no como enemigos. En el siguiente nivel, sabiéndonos cooperativos, suceden las interacciones, pero sólo
en un estado básico. Miradas y contacto en ejercicios aferrados a la supervivencia de uno u otro individuo. Por último, el tercero, el nivel en donde nos despojamos de prejuicios e interactuamos libremente, según sentires (el nuestro y el de nuestros hijos).
Transitar este último estadío vincular nos invade la mente de interesantísimas y pedagógicas ocurrencias –según el concepto que cada uno maneje sobre lo interesante y lo pedagógico. Nos lanzamos al ruedo jugando la mejor carta. Vamos a todo o nada.
Enfocamos nuestra energía en sacar lo más lúdico de nuestra esencia. Es sabido que con los chicos difícilmente tengamos nuevas oportunidades de reivindicación. Por lo tanto, este despliegue implica un esfuerzo extra. Sin escatimar ni retacear en ideas, anteponemos lo original por sobre lo cómodo y así surgen nuestras primeras creaciones: podríamos interpretar el carácter curioso e inconfundible de algún animal o tal vez, buscar la aprobación incondicional que viene de la mano de las risas producto de alguna retorcida y contracturada morisqueta.
Pero lo que seguramente no ha de faltar, es aquella prueba acrobática en la que es indispensable la presencia de nuestro vástago. Quién si no él, como mejor elemento para ser arrojado por los aires con el único objeto de volver a atraparlo en su camino de regreso y precipitación.
Ahí está. Risoteando a carcajadas. En ese inconfundible y contagioso cascadeo que hacen los chicos cuando están aprendiendo a reír estrepitosamente. En esa fracción de segundo, entramos ciento por ciento en sintonía con nuestro unipersonal auditorio, y nos descubrimos en el más alto pedestal de este solitario podio.
Ahora, el mundo entero nos verá con otros ojos y se nos hincha el pecho de sólo proyectar el sabor de esta histórica victoria. Pero no todo lo que brilla es oro. O al menos, en nuestro caso, eso que brilló como tal pronto tenderá a opacarse, dejándonos como únicos testigos de una transmutación mineral degradante. Sostener una mueca, o un personaje animal, tanto como el revoleo en el aire de nuestro hijo, son ejercicios que tienen los minutos contados.  Seguramente los primeros síntomas de nuestro error, surjan en la modalidad de calambres en algún músculo de la cara, o simples dolores de nuestros fatigados miembros al saltar como una rana o un canguro, o la mortal puntada en medio de la espalda, cual puñalada traicionera justo cuando conseguimos revolear a nuestro pequeño heredero por los aires.
En circunstancias normales, cualquiera de estas señales es un aviso más que suficiente para deponer creativa actitud que nos desborda. Pero es sabido que éstas no son “circunstancias normales”. Una criatura jamás se cansa de ver o de ejercitar en algo que lo divierte. Dejar de hacer lo que estábamos haciendo genera en nuestro precoz participante el inmediato rechazo, expresado de la peor forma posible: llanto desconsolado. Al instante en lugar de héroes somos parte de la más oscura galería de villanos. Está llorando, y es nuestra culpa. Probamos retomar la gracia ejecutada
con anterioridad o buscar nuevas opciones. Es inútil. Cualquier intento por recuperar nuestra condición de privilegio no tiene sentido, a partir de este momento seremos estigmatizados como “el padre que hizo llorar desconsoladamente a su hijo”.

Javier Pizarro, Paternidad se estrena.

Viajera, 2017.

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